8 Sonetos

Arte visual y sonetos por Rowan Alastor.

Soneto I

Que a "do-re-mi-fa-sol" vos le faltabas;
por eso mis canciones no sonaban,
por eso mis lecciones no afloraban,
faltábanles saber de vos que estabas.

Pues "sol-fa-mi-do-re-do" sin tus tiempos
son ecos de osadía sin un lecho,
son piedras de un camino más estrecho,
fervores del sistema, pasatiempos.

Mas siento que has llegado y te has posado
—amarre de pequeñas garras verdes—,
yo siento que has llegado y me has besado.

Pues no hay indispensables en los aires,
tan sólo las cosechas que han rozado
y hoy dejan resonando a los cantares.

Soneto II
 
"Mejor no hablés de más si estás cansado"
dicen —hablás de más, no queda nadie—,
mas si no hablo de más sigo cansado;
y si no hablo, es más, nunca hay nadie.

Saliendo de lo cómodo en continuo
yo busco en cada paso ir arbolando,
sanando en cada abrazo al mal antiguo,
sembrando en cada esquina amor del blando.

¿Cómo seguir viviendo en melodía?
Ya nadie dice "es fácil esta vida",
pues vemos se bifurca cada día.

¡Mas lindo es verlos hoy a mi partida:
cantores, estudiantes, cofradía!
(Qué más apetecida despedida)
Soneto III

El mar, el sol, la arena, el gran amor,
la música, las almas, las ideas,
los tiempos, las montañas, el fulgor;
ya todo pertenece a las aldeas.

Pequeñas cunas llenas de dulzura
escritas en sonetos pasajeros,
amantes de la eternidad más pura
de alegres y sutiles segunderos.

"Seguramente a poco están las hadas"
vendrán desbolados y convencidos
mis sátiros e irónicos amigos.

¿Qué puedo yo decirle a sus espadas?
La sangre que ha manchado en sus tejidos
también es sangre mía y son testigos.
Soneto IV

Me voy de casa tácito de haberes;
quiero escapar de esta muerte. La vida
me espera escondida tras la subida
donde aún hoy transitan mis deberes.

Marearse a veces pasa y caés de a poco,
quedarse, sufrir por una estrella
—tantos pasan hablando de ella—,
yo nunca pude verla, ser tampoco.

Igual como el mar sigo, no me aflijo.
Las sombras que nos han sesgado siempre,
son noches, laberintos, escondijo.

Me voy al mundo en busca de ese vientre,
arte que florece, tibio cobijo.
Me voy por fin. Apuesto a que le encuentre.

Soneto V

Nadie le fue a esperar o a decir que bien.
Abecedario austral; canje histórico
de quien se conoció en tour pictórico
sólo y desacatadamente su cien.

Maquinaria compleja y divertida.
Las mil y una noches comiendo bien,
bebiendo daba la idea que eran cien.
Viejo tren, fuerte tren; luz comedida.

Pero nada se dijo de otras cosas:
por ejemplo su vida cautelosa
convertida en espejos sin carrozas.

Que así son las espinas de una rosa,
quién te da no las nombra como hermosas;
cae el preciado objeto en su fiel moza.

Soneto VI

La magia no dará nunca un soplido
pues nunca encuentras nada parecido.
La ruin vara agitaste sin sentido;
buscabas ser feliz, no fue cumplido.

Las pócimas jamás sirven en verdad
a quién por vaciamiento se ha inhibido
tras cruces que otros tiempos le han traído
obscenamente indignos en su crueldad.

Y ahora llegas seco de amistades
negando lo que adoras en serio,
cediendo lo que tienes a mitades.

Pronto, fugaz e inerte caerá este imperio
y sólo soñarás afinidades;
misterio, tempestades. Cementerio.

Soneto VII

Corazón exigente que me atrapas
es la última vez que iré a fijarme,
y al dejarme caer seré la carne
—que a los machos devoran las arañas—.

La gran red que han tejido en nuestra infancia
se doblega a las alas histéricas,
las de esas moscas nacidas ibéricas
que yo habré de ser siempre a la distancia.

Cumpliré con mi amor por una vez más,
y en su ley dejaré mis pies descalzos
que de a poco se irán ahogando al compás;

al de aquellas hermanas con sus lazos
que en la sopa apresadas no serán más
—más que muerte, silencio y hiel—. Regazos.

Soneto VIII

Sus ojos tan filosamente indios
vertidos tras labios de suelo rústico
anuncian crueles su final artístico;
sus dos espadas le valdrán suicidios.

Mezcla de amor y de abandono en fuego
desatarán piedras de sangre nueva;
púas rosadas sobre Adán y Eva
que ofuscarán a su corcel Don Diego.

Pues no hay temor en este valle en pena
ni habrá un fulgor en estas tierras muertas;
nada podrá estropear, aún más, a Helena

Rumbo quimérico que a ganas lentas
la percutida historia da a la oncena;
fuego confuso, las mas frescas mentas.